Alfredo Jiménez Mota: a doce años

Carlos Sánchez/La Pluma
Alfredo Jiménez Mota: a doce años

En la casa de Alfredo la puerta que ahora está abierta, tiene un engomado donde dice que esperan su regreso. Y hay un número cero ochocientos donde pueden dar informes sobre su paradero.

Empalme sigue su curso. Y no es sólo el nombre consecuencia de la unión de las vías del ferrocarril. Ni la anécdota de uno de los matrimonios de Charles Chaplins. Ni el llanto por la desaparición de un reportero llamado Alfredo Jiménez Mota.

Empalme late y en sus arterias va la vida del estudiante, el mecánico, el chofer, el cocinero, la señora gorda que en la terminal presta su cuerpo a las moscas. Hay también tiempo para la celebración de La Guelaguetza en la plaza del Tinaco, y recibir así las artesanías de los oaxaqueños que expenden lo que elaboran.

Empalme es el grito prolongado del tren, el mismo que anuncia la muerte de un ferrocarrilero; Empalme es la solidaridad con los trampitas, asistidos por los vecinos, los que le dan de comer sin esperar nada a cambio.

Empalme es la búsqueda de la impartición de la cultura vía el arte. Un taller de fotografía en fin de semana en la Casa de la Cultura.

Empalme es la evacuación de humanos el viernes por la tarde al terminar el horario en la maquiladora; Empalme es la red, el chinchorro, la cuerda que espera septiembre para tenderse sobre el agua y esperar la captura del camarón.

Empalme es la nostalgia de esos gritos ofertando tortas y tacos en la desaparecida estación del ferrocarril.

Empalme es ahora la frustración por la pérdida irreparable de ese mural del pintor Delgadillo, cuyo tema era la huelga del ferrocarril. Al director del Cobach se le ocurrió borrarlo, y con pintura de aceite.

El nombre Alfredo

Mueve el trapeador y al escuchar la voz su mirada es un impulso que se topa con el rostro que hace un par de años vio en ese mismo lugar. El lugar es la casa de Esperanza, madre del aún desaparecido periodista que militara en la sala de redacción de El Imparcial: Alfredo Jiménez Mota.

–Soy Carlos, hace tiempo nos conocimos por acá.

–Sí, ya recuerdo, nunca volviste.

Esperanza Mota describe con su actitud el hartazgo por la informalidad de los reporteros que han explotado más que explorado, el caso de Alfredo.

“No volvieron los de Univisión, que dijeron volverían, ni el de Milenio, Víctor Ronquillo, ni Sergio García, ni Michael Marisco, un reportero de Estados Unidos que está escribiendo un libro sobre Alfredo”.

Apacible su mirada, sus brazos al moverse, sus palabras describiendo a ese Alfredo de niño, aún con vida, aún en presente en su conversación.

En el recuerdo de su infancia está la risa, es la evocación de su hijo consentido un motivo para la alegría.

Esperanza cuenta sobre esos días en los que Alfredo marcaba para su casa, desde Guaymas, para avisarle a su madre que estaba por llegar, que hiciera desayuno, como a él le gustaba. En esos días él escribía en El Imparcial, y lo hacía sobre el narcotráfico, aparente motivo de su desaparición.

“Entonces yo le preparaba su licuado, grande, sus salchichas y tocino frito, sus huevos estrellados. Mi hija se encelaba, decía que Alfredo era el chipilón, como le dice su papá”.

Al ritmo de la mecedora, Esperanza cuenta de esos años de viajar en tren a Navojoa, todos los veranos, en esos viajes en que Alfredo ya era muy comelón.

Luego vino la edad de la preparatoria, la universidad, el trabajo en la policía, de comunicador, después en el Debate de Culiacán, y como consecuencia esos premios a su trabajo.

Esperanza Mota es oriunda de Torreón, Coahuila, desde muy chica la trajeron a Empalme, a un rancho donde trabajaba su padre, el mismo que después compró una casa en Navojoa, lugar donde se quedaría a vivir hasta el momento de su muerte. Su madre también vivió a su lado, hasta su deceso.

En la casa de la familia Jiménez Mota el ruido del tren es permanente, porque está cerca, muy cerca, de la estación del ferrocarril, donde trabaja su esposo, José Alfredo Jiménez.

Es fortuito, ocurre, que durante la charla el tren prolongue su pitido, y Esperanza explica que cuando eso pasa puede ser que por un accidente se quedó el tren pitando, o tal vez porque algún empleado del ferrocarril ha muerto.

“Una vez que murió un empleado, se juntaron el pitido de tres trenes, un cuñado mío le dijo a mi esposo: así va a sonar cuando mueras tú, mi esposo se quedó muy serio, mi cuñado soltó la carcajada”.

El esposo es maquinista, y al momento de la conversación se encuentra conduciendo un tren hacia Hermosillo.

En la casa de Alfredo la puerta que ahora está abierta, tiene un engomado donde dice que esperan su regreso. Y hay un número cero ochocientos donde pueden dar informes sobre su paradero.

En la casa de Alfredo vive Leticia, su hermana, quien desde hace un tiempo escribe anécdotas de su hermano, tal vez para que éste permanezca en los temas cotidianos, tal vez como una estrategia para retenerlo. Y dosificar el dolor de la ausencia.

La familia de Leticia también celebró la develación de la placa con el nombre de Alfredo, en la plaza del Tinaco, el 2 de abril próximo pasado cuando se cumplieron dos años de su desaparición.

En el hogar de los Jiménez Mota existe la esperanza de que algo ocurra ya, que se aparezcan indicios que den razón del hijo chipilón.

Esperanza comenta que hace unos días aprehendieron al operador del Chapo Guzmán, ese narcotraficante al que alguna vez el extinto periodista Jesús Blancornelas señalara como el responsable de la desaparición de Alfredo Jiménez Mota.

En la casa de Esperanza no se dice nada, pero se siente el descontento, la pena de que a El Imparcial no le duela ahora el nombre Alfredo.

Vivir del mar

Levanta la mirada y agradece al cielo. Todo lo que ve en su horizonte le pertenece. Sin embargo, el día que le pidan desalojar el predio, lo hará sin refutar: “porque todo ser pacifista sabe que nada es para siempre, ni la tierra, ni el mar”.

Francisco Carlón vive de vender mariscos, en su restaurante a la orilla de la carretera, de donde ha salido ya para comprar su bicicleta, su triciclo y su camioneta.

El predio del negocio no está regularizado, ni tiene Francisco cómo comprobar la posesión, por eso el día que le digan que se vaya, lo hará con los brazos cruzados, aunque él ha estado al pendiente de la limpieza del lote desde diez años a la fecha.

Entre sus necesidades vitales está el comunicarse, por eso desde que ve al reportero disparando ediciones con su cámara, se le apersona para informarle la situación de la bahía, el desatino de las fábricas donde queman sardina para hacer purina, las causas posibles de la muerte del pelícano que el fotógrafo archiva en su cámara.

Es un mar embravecido de palabras. Francisco no titubea y levantando sus brazos ilustra “todo esto” que es la playa donde se ha pasado horas y horas limpiando. “Pero la gente es muy cochina, y contaminan tirando todo para acá. Ese pelícano murió por el combustóleo, por el aceite que echan al mar, se le mojaron las alas y ya no pudo volar. Deberían de investigar y escribir para que nos ayuden aquí con la limpieza, por favor”.

En su exposición, el restaurantero dice que el trabajo es una bendición, y que Empalme le ha dado de comer en estos diez años viviendo allí.

Si en sus ojos está el horizonte que es el mar y su sonido que arrulla, provoca, evoca y cuenta historias, en su mente vive el recuerdo de eso días de “vida trágica”, cuyo protagonismo da para el símil de guión de una película de Buñuel.

Huérfano de padre y madre, desde niño Francisco trabajó para seguir en la vida, con eso del comer, sobrevivir.

Tiene, a confesión de parte, la virtud de la palabra en la lectura, esa que lo ha librado “de ser un animalito, un analfabeta que no conoce ni la a”.

Divina es la Biblia, su contenido –dice-, porque allí está todo, incluidos los incestos del Rey David.

Incomprendido por sus lecturas, por su terquedad de regresar a los pedales de la bicicleta, criticado por la aparente incongruencia que arranca gritos de sus hijos cuestionándole por qué si tiene carro, se la vive transitando en la bicicleta.

Francisco dice que jamás lo entenderán, porque no saben, ni quiere explicarlo, que en la bicicleta encuentra el ejercicio, los antioxidantes, la manera más eficaz de mantenerse en forma.

“Porque yo cuando no trabajo me enfermo. Ayer que fui a Nogales a comprar esa troquita, me dio calentura, porque no hice mi trabajo de rutina, porque no me la pasé en la chamba, puro maneje y maneje, me atiricié”.

En el trabajo está la vida, en Empalme y su nobleza la existencia. En los mariscos la fuente que da de comer.

Francisco convoca al reportero a visitarlo de noche, para que éste vea la cruz de la esperanza que se traza en el cielo, justo en el lugar donde él vive.

“Es la evidencia más clara de que Dios existe”.

Y en el mar los mariscos que te dan de comer, acota el reportero. Quien si vuelve de noche a la playa, detrás del restaurante, será para engullir un par de almejas que Francisco dijo le regalaría en reciprocidad del libro que le obsequió, ese donde hay también historias de incestos.

Antes de marcharse, el reportero entiende la definición religiosa de la palabra “amén”. El marisquero ilustra: “amén significa amen, que amemos, es la sugerencia del señor”.

Empalme estrena una cámara Nikon

Cuenta que una vez le caló hondo que un par de briagos se refirieran a Empalme como una ciudad bicicletera.

Iba en el camión. Contuvo sus impulsos. Pero le caló. Para su regocijo, al chofer del camión también le agredió la ofensa a su puerto, y bajó a madrazos a los altaneros.

Ama a Empalme, aunque no vive en ella, pero allí trabaja, y le debe la vida.

Son más de treinta años laborando en el Observatorio Metereológico. Se llama Oliver Robles y es un apasionado de la fotografía.

Testigo de la transformación del puerto, Oliver sabe de su gente, la nobleza y la honestidad. Escucha del reportero la transparencia que le sorprende al encontrar un café de seis pesos, una avena de doce, en el mercado.

Oliver se apareció en el taller de fotografía que un desconocido impartiría en la casa de la cultura. Cámara en mano llegó a la sede y sus oídos fueron igual de agudos que sus ojos, sus palabras.

Contó de la historia de la fotografía en su vida. Trepó a un avión en la memoria, fotografió a Empalme que es un cuadro de ajedrez desde las alturas.

Como niño con juguete nuevo, Oliver expuso las características de su Nikon automática, con un lente 18-135. Una joya, la realización de un sueño que siempre tuvo.

El trabajador del observatorio vive en Guaymas, y desde treinta años viaja diario a sus labores. No claudica en su rutina, porque de ahí lleva el pan a la casa.

Feliz está ahora Oliver con su Nikon nueva, con la que mañana domingo arrancará su ejercicio de capturar imágenes como tarea del taller.

Un pretexto más para agradecer a Empalme su existencia, aunque en esta ciudad no haya cines, ni revisterías, ni exposiciones, ni un lugar para comentar la nota más importante del día.

Oliver se forjó en la vida con la enseñanza de su padre, jubilado de correos; llegó desde Oaxaca para quedarse, y es hasta ahora que está a punto de participar en una exposición de fotografía, un como anhelo desde siempre.

Sabe de la importancia del arte, de la inmensa posibilidad que da una cámara para crear. Está a punto de materializar una serie completa, y exponerla con colegas que se engancharán en el tema que les late. Pronto las fotos serán un desfile de historias ante sus ojos, y habrá un motivo más para agradecer la existencia de Empalme.

Prudencia en la mirada

Volver al día siguiente a la casa de Esperanza Mota es encontrar a José Alfredo Jiménez, padre del periodista desaparecido.

Encontrarlo con pantalón corto, sin camisa es sólo síntoma de un día de descanso.

Y es que ayer tuvo trabajo trasladando unos carros que pronto utilizaran en Hermosillo en la filmación de una película sobre la frontera.

Estarán rodando, a decir de José Alfredo, en Estación Ortiz. “A ver cómo les va con el calor a los actores”.

Certera y prudente la mirada. Esperar es la consigna. Porque no conviene aventurarse en los comentarios, en las declaraciones, porque la fe está puesta en la policía que investiga.

El padre de Alfredo se sabe ahora la historia de los integrantes de la SIEDO, los trámites que debe correr quien busque a un hijo desaparecido.

Hay en su voz la paciencia (porque no queda de otra) para esperar información sobre el paradero del reportero.

No adelanta vísperas. Y la fortaleza significa no perder las esperanzas. Treparse al tren es una distracción, una fuente de empleo, volver con los alimentos a la casa, encontrar a sus mujeres, su esposa y su hija.

Volver a Empalme significa encontrar el recuerdo de los pasos de su hijo, ese que “si tenemos buenas esperanzas, aún está vivo”.

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